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martes, 5 de agosto de 2025

«Contrapasso»

«Pero los impíos son como el mar agitado, que no puede calmarse,
 y sus aguas arrojan cieno y lodo. 
"No hay paz", dice mi Dios, "para los impíos"».
— Isaías (Yeshayahu) 57:20-21. Libro de los profetas. El Tanaj. 


    Benjamín despertó desnudo, arrojado sobre una superficie rugosa y fría que parecía querer tragar su cuerpo. El aire estaba estancado, con una pesadez que parecía acopiar siglos de humedad, polvo y muerte. No había ventanas, ni muebles, ni fuentes de luz natural; solo su desabrigado cuerpo. Únicamente había una lámpara intermitente, colgada de un cable torcido. Esta escupía fragmentos de luz amarillenta, como dientes rotos, que apenas lograban perforar la espesa penumbra. 

     Sintió la boca seca, la lengua pegada al paladar. El olor le quemó las fosas nasales al inhalar. Era una mezcla indeleble de humedad y metal oxidado, rematada por una pestilencia ácida a carne quemada que surgía de las propias paredes. El silencio, casi total, se volvía insoportable. Solo lo rompía un goteo sutil. Ploc, ploc, ploc. Constante. Lejano. Irregular. El latido de aquel encierro, sin tiempo ni espacio. 

    Aún aturdido, se incorporó. Sintió indignación, furia. «¿Quién se había atrevido a secuestrarme y encerrarme? No importa, mis agentes del Mossad me encontrarán y rescatarán. Los que me han hecho esto perderán su vida en un sufrimiento atroz».   

     Entre las sombras distinguió una puerta. A tientas dio con el pomo, un trozo de metal ardiente y herrumbroso. Lo giró despacio, con excitación y dudas. Traspasó la puerta. Esta se cerró tras de sí con un estruendo sordo. Se encontró en otra estancia, mucho más amplia que la anterior. Del alto techo pendía una mísera bombilla que reflejaba una débil y discontinua luz carmesí, como si traspasara un celofán rojo. Alzó la vista y comprobó que estaba rodeado. Puertas. Interminables puertas idénticas se alineaban a lo largo y ancho de la inhóspita estancia. Buscó en vano un cartel, un número, una letra. No había indicación alguna. Todas eran iguales: madera ajada y áspera, superficies oscuras con manchas de polvo y jirones de pintura. Y sobre todo, un inconfundible aroma a humo que lo envolvía por completo.

     Cada vez que trataba de abrir una puerta para escapar, al atravesarla encontraba otra sala, de paredes y proporciones distintas, pero con más puertas que lo desorientaban, un interminable laberinto sin salida. Entonces, a través de una neblina fría y confusa que surgía desde el techo, escuchó una voz grave, sin emociones, directa a su conciencia.

 —¿Recuerdas Gaza? ¿A sus niños? ¿La escuela que bombardeaste? ¿Los cuerpos carbonizados que dejaste sin nombre?  

    Cada pregunta le perforaba la mente como metralla invisible. Sintió un sudor frío empapándolo, un sabor a metal en la boca y una náusea que le subía desde el estómago. 

    Abrió una puerta. La luz le cegó. Parpadeó, desorientado. Benjamín entró en un espacio que parecía una escuela en ruinas. Pupitres camuflados por escombros, pizarras cubiertas de hollín, juguetes humeantes manchados de algo oscuro y húmedo. Un olor dulzón y nauseabundo, a hierro y a miedo rancio, lo impregnaba todo. Las paredes estaban acribilladas.   

     El suelo crujía bajo sus pies desnudos y masacrados. Al girar la vista, vio en las tinieblas la figura de un niño, pálido, con ojos vacíos, que lo señalaba sin palabras. Volvió a escuchar la voz, esta vez era un coro de susurros entrelazados, fragmentos de un grito roto y distante.

 
—Estos eran sus juegos, antes de que tu artillería los enterrase. Fátima tenía seis años —las palabras ingresaban directamente en su cerebro—. Le gustaba dibujar casas con soles sonrientes. Su cuerpo fue encontrado bajo tres pupitres. Le faltaba un brazo. 

     Benjamín sintió una punzada de dolor agudo, insoportable, en su hombro izquierdo. Gritó, agarrándose el brazo, pero no había herida. No había nada. Solo un dolor fantasma, una agonía que no le pertenecía, pero que se apoderaba de sus nervios. Miró a su alrededor, jadeando. Imágenes desfilaron ante sus ojos: cuerpos de niños apagados en un recreo interrumpido, madres desesperadas arrullando cadáveres, familias destrozadas.

 —No sois reales —farfulló, retrocediendo—. Sois un truco. Una alucinación. 

     El ambiente se volvió pegajoso, opresivo. Emanaba un vaho a pólvora y a descomposición: la fragancia de vidas quemadas. Se le erizó la piel, como si el calor de las bombas aún le ardiera en los huesos. Un tóxico sabor a miedo le invadió la boca. Su tacto, hipersensible, registró la aspereza de la madera quemada bajo sus dedos temblorosos. 

    Una de las apariciones infantiles levantó una mano. La orientó hacia la pizarra. Vio una sola frase: «¿por qué?». 

     La pregunta le golpeó con fuerza. Con el corazón bombeándole terror, se arrastró buscando una puerta. La encontró. La abrió de un tirón y se arrojó al otro lado, cerrándola de golpe.

     Cayó en un corredor oscuro. Los muros estaban cubiertos de nombres: Samira, Hassan, Layla, Mohammed. Todos tallados en huesos invisibles. La atmósfera estaba cargada de un miasma repulsivo a sudor viejo y a carne corrompida. Sus pulmones quemaban al respirar. 

    Un cóctel agónico de asfixia y hambre lo cubrió. La voz recitaba los números del horror.

 —Sesenta mil muertos, decenas de miles de desplazados, el agua cortada, la luz que nunca llegó, el llanto angustioso de las madres sin leche, de los ancianos deshidratados bajo un sol implacable. —Memorias que se agolpaban en su mente. 

    Una mano invisible lo empujó hacia delante y el suelo se convirtió en cristales rotos. Los pisó sin evitar el dolor, sintiendo cómo la tortura en sus pies agudizaba el suplicio del hambre y la sed en aquel sitio insoportable. El aire olía a sangre dulce y polvo reseco. Se dio cuenta de que su propio cuerpo se marchitaba al ritmo de las paredes de esos presidios. 

     Otra puerta le trajo a un hospital en ruinas. Camillas destrozadas, restos de vendas ensangrentadas. Una enfermera ausente le habló. 

—Aquí aprendí que el dolor no distingue edades. 

    En la oscuridad, vio cuerpos rotos, rostros con ojos vacíos, heridas sin cicatrizar.

     Una certeza brutal volvió a grabarse a fuego en su carne. La violencia no perdona ni siquiera a los más inocentes. El espacio estaba saturado de un aroma a yodo viejo, a muerte y pavor; en la lengua, el sabor amargo de la desesperanza que consume alma y cuerpo.

     Por un instante, sintió que los muros le sujetaban, estrangulando su pecho, asfixiando su mente. 

    Impulsado por un miedo creciente, cruzó una puerta que lo dejó en un túnel estrecho y húmedo, que apestaba a tierra mojada, a podredumbre. La luz era inexistente; el aire, helado y denso. Sintió algo trepar a su espalda, una presencia invisible que aspiraba a tragárselo entero. Los susurros se convirtieron en alaridos; las sombras, en garras que ya no solo arañaban las paredes, sino también sus recuerdos, desmoronando su cordura. 

    La voz le repitió: 
—¿Sientes el frío de las noches sin un lugar donde refugiarte? ¿Escuchas el silencio de los desaparecidos bajo los escombros?  

    Sus dedos se entumecieron; su aliento se cortó. La desesperación se solidificó en su garganta como un nudo de plomo.

     El pasillo se recrudecía en una perspectiva imposible, y las puertas se erguían como lápidas. Benjamín avanzaba a trompicones, cada paso un recordatorio de rostros sin nombre. El suelo pegajoso parecía retenerle, como si la memoria de un pueblo masacrado se hubiera hecho materia bajo sus pies, aferrándose a él para no ser olvidada. 

    Las paredes, grabadas con huellas de manos infantiles, se ondulaban como si el aire mismo estuviera viciado. La pestilencia a gas lacrimógeno era tan intensa que sus ojos, hinchados y rojos, lloraban, y el ardor del químico era indistinguible del que provocaba el miedo. Su olfato le traicionaba. Cada bocanada de aire traía la promesa de vómito, sudor, llanto seco.

    Una puerta se abrió y lo arrastró hacia el interior de una casa inundada. El agua subía hasta el pecho; flotaban juguetes destrozados, viejas fotografías partidas, comida amarga. Gritos debilitados subían por las tuberías. El frío lo caló hasta los huesos. 

    Un espectro se fundió en el techo. La voz, ahora menos humana que nunca.
 —¿Puedes sentirlo? La pérdida, la extinción de cada familia aniquilada, las esperanzas arrojadas al lodo y al miedo. 

    Sus manos buscaron anclarse a algo para no hundirse en el agua sucia, pero solo dieron con muñones de recuerdos ajenos. La garganta ardía con gusto amargo, tragaba agua inmunda como si intentara tragar la culpa y no pudiera. 

    Traspasó otra puerta solo para aterrizar en una casa vacía, las paredes llenas de dibujos y fechas. Bocetos toscos: casas ardiendo, tanques rodando, banderas andrajosas. La madera crepitaba bajo sus pies, el polvo flotaba en el aire y se le pegaba en la lengua. 

    El eco de un bulldozer devastador, el sonido de la destrucción: ventanas rotas, ollas volcadas, jergones abiertos por cuchillos etéreos. Sabor a cemento, oído aturdido por el escalonado silencio tras la tempestad. En la esquina, una puerta cabeceaba sobre sus goznes. Al cruzar el umbral, sintió el peso de miles de desalojos posarse sobre su espalda como una maldición sin nombre.

    La voz mordaz le susurró:
 —¿Cómo se siente perder cada refugio, cada rincón de memoria, y no saber nunca si habrá un mañana? 

    Los escenarios cambiaban y el tiempo se deshacía. Para Benjamín, el pasado y el presente eran ya un mismo lodazal siniestro: una repetición infinita de pérdidas. 

     En la siguiente sala, la atmósfera se concentró. Un tribunal sin jueces, sin ley, con asientos vacíos y cientos de recuerdos esparcidos por el suelo. Oía voces solapadas en una cacofonía: madres contando hijos, médicos narrando muertes sin sedantes, autoridades suplicando ayuda. 

     Las paredes proyectaban en sombras animadas los horrores de la ocupación: detenciones nocturnas, niños llorando abrazados a sus muñecos, hombres arrastrados en el barro. Los alaridos y lamentos machacaban sus sienes. Un dolor afilado se le instalaba en las articulaciones, como si el castigo del encierro fuese también físico, incurable.

 La voz pronunció la condena:
 —Por cada cuerpo sin identificar, por cada hogar destruido, cargarás una grieta más en tu mente.

     Sintió que la piel se le estrechaba. El aire era tan espeso que masticaba el miedo.  

    Cuando abrió una nueva puerta, el ambiente temblaba. No sabía si había cruzado un umbral o si la casa, simplemente, lo había devorado. El mundo se fracturó en una sucesión de ecos y visiones. Se percibía a sí mismo en mercados fantasmales, en hospitales donde la sangre absorbía los llantos y en mezquitas que habían sido sepultadas. 

    La voz era la suya. Chilló al verse las manos, cubiertas de barro y sangre. Ya no sabía si era el cazador o la presa. El aire olía a final, a ruina irreversible. Era un laberinto de puertas infinitas donde el horror siempre se renovaba. Niños, hambre, agua, miedo, ruinas. Y él absorbía ese terror, lo aceptaba como si fuera una dosis mortal que decidiera consumir. 

    El entorno perdió sentido. La gravedad fallaba, los tablones se retorcían, los colores vibraban. Su respiración era un jadeo corto y rápido, el de un animal herido y acorralado. El corazón latía con tanta fuerza que pensó que su pecho se rompería. 

    Una última estancia le esperaba. Miles de ojos dibujados le observaban desde las paredes, y lágrimas de ceniza goteaban del techo. El suelo estaba cubierto de escombros y retratos: padres abrazando a sus muertos, médicos llorando en corredores destruidos, niños heridos sujetando a sus mascotas sin vida.


     El silencio era poroso. Benjamín apenas caminaba; arrastraba su cuerpo con la fuerza de un espíritu desfallecido. Se paró en el centro, el aire tan compacto y viciado que raspaba por dentro. El eco de la voz se pronunció una última vez: 
—Esta es tu herencia. Aquí termina tu memoria, aquí comienza tu condena.

     Una puerta sin pomo apareció ante él. Al tocarla, sintió ardor, frío y vacío a la vez. Al cruzarla, su mente se fraccionó. Los horrores que hizo padecer a otros le desgarraban en sueños y en vigilia. Su alarido final quedó suspendido en la casa, resonando eternamente entre paredes que no olvidan. 

    No se movió. Dos figuras sin rostro entraron, lo levantaron por los brazos y lo arrastraron fuera de la casa del horror. 

    Cuando por fin lo arrastraron fuera de la casa, Benjamín era poco más que una silueta, su mente triturada, igual que las vidas que pisotearon sus órdenes. Sus ojos apenas reflejaban humanidad, la barbilla le temblaba, la boca tartamudeaba palabras dislocadas. Mentalmente, era una tierra baldía. No respondía a estímulos. No reconocía a nadie. Sus facultades se habían evaporado, dejando solo una cáscara vacía. 

    Nadie le reconoció. Quedó libre a la intemperie, pero el verdadero encierro ya no estaba en las puertas, sino en el interior de su mente fracturada. 

    En la casa del horror, las puertas no cerraron a nadie. Abrieron todas las heridas. 

El Médano, 28 de julio de 2025.

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